Cuando quedé embarazada, Marido comenzó a coleccionar alcancías para Hijo. Chanchitos de plástico que te regalan en el banco para enseñar a los niños a ahorrar. Marido, cada vez que iba al banco, le mangueaba un chanchito a la cajera y guardaba allí las monedas que le sobraban cada día. Así llenó un par. Unas semanas antes de parir, un amigo que, o bien tiene dotes de vidente, o lo conoce bastante, le regaló una alcancía hecha y derecha. Un chancho extra large de cerámica con el nombre del nonato Hijo pintado en un costado. Ese fue un nuevo desafío para Marido, que empezó a juntar dinero con nuevo ahínco. Demás esta decir que, antes de nacer, la criatura ya contaba con una pequeña fortuna.
Yo, en cambio, nunca deposité ni un centavo. No es por tacaña, no. Bueno, quizás un poco, pero tengo razones más dignas.
En mi billetera las monedas no son una molestia, sino todo lo contrario. Son un bien preciado, por gorda y por glotona. La máquina expendedora de gaseosas y golosinas de mi oficina sólo funciona con monedas. A las diez de la mañana, cuando mi estomago se olvidó del apurado desayuno que tomé a las siete, las monedas me salvan. Si después de almorzar mi cuerpo exige algo dulce, son ellas quienes vienen al rescate. A las tres de la tarde empiezo a cabecear en el escritorio y las monedas son el pasaporte a una dosis de cafeína. Las monedas me mantienen con vida. Con abundante vida. Con exceso de vida, podríamos decir.
Durante el embarazo, en cambio, el doctor fue quien me recomendó comer varias veces al día y tomar mucha leche (chocolatada) para evitar la acidez. No era ni por gorda ni por glotona. Era porque estaba preñada.
Cada noche, veía a los cerditos engordar y capitalizarse. Entonces, si algún día me quedaba sin monedas, antes de salir de casa atacaba las alcancías de Marido. Nunca consideré que eso fuera robar por dos razones: Primero, esas monedas eran también mi plata y, segundo, las necesitaba para mantener un embarazo saludable y traer al mundo un bebé sano. Dos razones inobjetables.
Una mañana como tantas otras, esperé que Marido se fuera a duchar y me dispuse a perpetuar el saqueo. Estaban las dos alcancías de plástico rellenas y la nueva, la grande, de cerámica, a medio completar. Mi extracción se iba a notar menos en esta última. Cuando la di vuelta, las monedas sonaron adentro. Empecé a forcejear con el tapón de plástico pero no cedía. Yo tironeaba cada vez más fuerte y el chancho era un sonajero. Entre mi desesperación, el ruido de las monedas y la tranquilidad de escuchar la ducha, no sentí los pasos de Marido.
- ¿Qué hacés?
- Nada, respondí, quería abrir esto
- ¿Para qué?
- Quiero ver una cosa...
- ¿Necesitas plata?
- Eh... sí
- Yo te doy, dice, mientas me alcanza un billete de veinte.
¡Un billete de veinte! No me sirve para nada. Puedo tener cientos de billetes de veinte que, una vez dentro de la oficina, es lo mismo que nada. No detuve mis intentos de abrir el chancho para explicarle mi desesperación por las preciadas monedas que él depositaba ahí todas las noches.
Entonces empezó el monólogo: Que no tengo vergüenza, cómo soy capaz de robarle a nuestro propio Hijo... ¡La criatura todavía ni siquiera nació y ya tiene su patrimonio personal! No hubo manera. Ni de abrir la alcancía ni de convencer a Marido, que las escondió para siempre. Fue mi primer día sin papas fritas, m&m, leche chocolatada ni gaseosa y no fue fácil. Este temita del embarazo no era tan bueno si no podía, por primera vez mi la vida, comer sin culpa.
Esa noche, antes de que llegue Marido, revolví toda la casa. Empecé por el cuarto a medio armar de Hijo, la cocina, nuestro dormitorio, el living. Nada. No es sencillo esconder tres alcancías, una de ellas bastante grande, pero Marido lo logró. Cuando llegó de trabajar me encontró en mi frenética búsqueda mientras vaciaba el placard del lavadero. Probé distintas estrategias: Primero, prometí: Le jure con mi vida que no iba a sacar nunca más nada. Luego, me enojé: Al final, era mi plata también y yo hacía tantos esfuerzos como él en ganarla. Después, negocié: El chico todavía no nació y ya tiene todo ese dinero, cómo vamos a educarlo en el valor del esfuerzo si empezamos regalándole plata porque sí. Como eso tampoco dio resultado, apelé a la culpa: El médico dijo que tenía que comer cada dos horas, por mi salud y la del bebé. Al final, víctima: Total, la que sufre la acidez soy yo. Para vos es muy fácil, no te transformaste en una ballena franca austral. Marido siguió firme y no pude, aún hoy, descubrir el escondite secreto de las alcancías.
Luego de un período en el que el proveedor de las máquinas expendedoras estuvo a punto de declararse en bancarrota, aprendí a desarrollar las artimañas mas variadas y creativas para mantener el monedero cargado. Ahora cuido las monedas con mi vida. Tengo varias estrategias de aprovisionamiento que no voy a detallar acá, porque sé que Marido me lee... a veces. En general me dan buen resultado aunque he tenido que apechugar algunos días y tomar agua del bebedero como todos los mortales. Son días más difíciles, pero se sobrevive.
Ahora que Marido ha eliminado la tentación de manotear las alcancías, y yo pasé por un largo período de abstinencia que me sirvió para madurar como madre, a veces no entiendo como pude robarle a mi propio hijo. Otras veces pienso: Hijo me roba horas de sueño. Me robó mi esbelta figura y piel de durazno. Hasta en los peores días, me roba una sonrisa. Desde el día que vi esas dos rayitas asomarse entre mis gotas de pis, Hijo me robó el corazón. Ladrón que roba a ladrón...
8.21.2008
Cien años de perdón
Etiquetas:
La Familia
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4 comentarios:
Alguna vez depositaste algo?
Qué buena historia, original y graciosa. Tu marido es un tierno.
Está claro. Se lleva las huchas con él. Algún día las perderá, seguro.
Hombre malo.
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