9.04.2008

Cada tanto


Al Padrino

Cada tanto, se rompe la rutina. Ese día, a la hora indicada, casi se puede escuchar el quiebre, violento y feliz. Es una ruptura planificada, pero desestabiliza igual.

La grieta empieza a abrirse unos días antes, cuando limpiamos la casa a fondo. Pasamos el trapo por cada uno de los rincones, repasamos estantes y bibliotecas, lavamos ventanas, zócalos, cortinas, acolchados y fundas. Regamos con generosa lavandina piletas, bañadera e inodoros. Estiramos los almohadones del sillón y acomodamos las sillas del comedor con precisión milimétrica. Después, contemplamos con orgullo nuestra casa. La misma que hasta algunas horas tenía marcas en las cortinas y cuadros torcidos. La misma que se prepara, como nosotros, para la revolución.

La rajadura se amplía aún más esa mañana. Nos subimos al auto ansiosos y alertas. Una vez en el destino, me bajo con Hijo mientras Marido estaciona, no vaya a ser que lleguemos tarde. A esa altura, la rutina está herida de muerte, a la espera del golpe final que la destruya.

El bayonetazo se escucha claro. Rebota en los vidriados pasillos, entre valijas, bolsos de mano, camperas, ojeras y cansancio. Hay abrazos. Muchos abrazos. Hay también besos. Y más abrazos.
Cada tanto llega un Abuelo, una Abuela o un Tío con dulce de leche, alfajores, libros, cds y 9.000 km a cuestas. Cada tanto llega un pedacito de nosotros, de nuestra historia, a desarmarnos la rutina. Nos reinventa horarios, comidas y hábitos.

Son días iguales a los anteriores, pero un poco distintos. Descubrimos esta pequeña ciudad a los nuevos ojos. Circulamos por las mismas calles y autopistas que andamos todos los días. Aprovechamos esos escasos momentos para compartir con ellos nuestra vida, nuestro barrio, el Jardín de Hijo, el hospital donde nació, el supermercado y miles de lugares que son parte de nuestra vida cotidiana. Una vida tan distinta a la que teníamos en Buenos Aires.

Los llevamos a comer a los lugares que podrían ser típicos, a los que vamos mas seguido y a los que más nos gustan. Y, lo que todo visitante quiere, los llevamos de compras. Los traemos de vuelta a casa cargados de bolsas, cansados y felices. A jugar con Hijo, a bañarlo y leerle cuentos. A participar en nuestros pequeños rituales diarios. Para que, cuando nos vuelvan a separar esos 9.000 km, no nos sintamos tan lejos. Para que la casa, el barrio y las calles tengan dimensiones y colores reales.

Cada tanto, se rompe la rutina. Por unos pocos días, la casa se achica y jugamos a agregarle horas al reloj para poder aprovecharlos, exprimirlos, hartarnos. Esa rutina quebrada se repara con esa presencia, esas manos y esas voces que se acomodan en nuevos hábitos compartidos. Cada tanto confirmamos que las distancias existen, a pesar de la tecnología y del teléfono. Cuando es la voz de una abuela la que lee el cuento a la noche, o la mano de un Padrino la que acerca la pelota, comprendemos que si, las distancias existen.

Pero casi sin quererlo llega el momento en que empiezan a juntar sus petates, a recolectar pertenencias de la cocina, del baño, del living. Poco a poco, despojan a la casa de su presencia, aún antes de irse. Este silencioso acopio culmina con dos enormes valijas estacionadas en la mitad del living.

Entonces, esa débil rutina recién adquirida da sus ultimas bocanadas. Cargamos a la familia en el auto. Marido nos deja mientras va a estacionar. Tampoco esta vez queremos llegar tarde.
Aguardamos mientras hacen sus trámites en el mostrador de la aerolínea. Nos sentamos, silenciosos, a esperar la hora de embarcar. Hijo mira embelesado los aviones. Ya no hay mucho tema de conversación, solo una opresión que se empieza a hacer sentir en la garganta.
Hay un abrazo fuerte, con algunas lágrimas. Hay besos que se vuelan mientras pasan por seguridad, mientras se sacan los zapatos y se los vuelven a poner.

Hay un silencio implacable cuando caminamos hasta el auto y volvemos, solos, a casa.
Quedan pilas de sábanas y toallas para lavar y, quizás, alguna remera olvidada. Quedan las cortinas marcadas, el sillón arrugado, platos sucios y sillas desacomodadas. Quedan, en algún rincón, la voz de una Abuela, los mimos de un Tío y la mirada de un Abuelo.

Queda la casa llena de recuerdos y una rutina que se reinventa para poder sobrevivir. Hasta el próximo cada tanto.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracais por compartir. Impecable.

Anónimo dijo...

Me Hiciste llorar...
La Prima

Nati Alabel dijo...

Sabés, mi viejo vive afuera, y cada vez que viene...es más o menos como decís vos.
:(

Anónimo dijo...

Uf, que bueno reina!

Que linda foto tb, quién la sacó? jaja

Ah, con esto me dieron ganas de ir para allá...

Anónimo dijo...

y como se extraña en este hemisferio también!! Espectacular el relato!!

Anónimo dijo...

Es inevitable: el aroma que dejan tus letras, me recuerda el compartir con mi padre quien recientemente partió de estas coordenadas terrenales.

Besitos amistosos y aún sensibles!

Marina dijo...

Me hiciste llorar! que cierto todo lo que escribis, que descripciòn impecable de sensaciones vividas cada vez que nos visita algun ser querido. La euforia de la llegada y la nostalgia de la inevitable partida. Hay que convivir con la distancia muchas veces nos ayuda la tecnologia pero muchas otras èsta no es lo suficiente como para hacer que esas distancias se acorten.
Besos desde Italia.

Chioda dijo...

increiblemente emocionante! me arrancaste lagrimas! me encanta como escribis!

gaab dijo...

te voy a decir lo mismo que dejé como comentario en critica.
Precioso, preciosamente escrito. Me encantó. Y es tuyo y mio, aunque no se quien sos. Son los abuelos de todos los que andamos por el mundo. Son los tios de nuestros hijos "extranjeros!". Yo siempre digo que necesito que venga gente a casa para hacer limpiezas generales.
un gusto leerte
gaby

Anónimo dijo...

Te conoci en critica, ahora estoy leyendo tus historias maravillosas, y en muchas me siento tan identificada.... desde aca de mi lanus.. maria del carmen lailar36@hotmail.com