9.18.2008

La Señora sin Nombre

No es de día ni de noche. No hace frío ni calor. No siento mi cuerpo pero sé que existe, que llena parte de este espacio. Mis brazos caen sin peso y mi cabeza se mantiene erguida, alerta.

No sé donde estoy. Es un espacio luminoso, cubierto por un blanco aséptico. Las paredes y el piso resplandecen. Conviven en este ambiente la tensión crispada de un quirófano y el silencio impoluto de un museo solitario. Una luz difusa emblanquece aún más el ambiente. Es un blanco luminoso, neutro. No tengo urgencia por entender más. Este es un lugar placentero y confortable.
Un hombre, no recuerdo quién, se acerca. Camina junto a una señora mayor. Se detienen a unos metros de mí. El señor me presenta con un gesto silencioso. No hay sonidos, no se oyen ni siquiera nuestras respiraciones. Sólo se escucha, amplificado, el roce de las telas de sus ropas.

La señora no tiene nombre. Es una mujer anciana, alta y esbelta, muy pálida. Tiene puesta una túnica blanca y una estola también blanca con dos dibujos rojos en las puntas. Su pelo es entrecano y largo. No la miro a la cara. Mi atención esta atrapada por el contraste de los dibujos rojos sobre su estola.

Me invade de una paz habitual. No es esa paz luminosa, que paraliza. No es una paz new age ni relajante. No, esta una paz de todos los días. Esa serenidad que se siente con gente que te conoce bien y te quiere. La armonía de la sinceridad mas profunda.

La señora, que tiene una voz dulce pero certera, de repente se dirige a mí. Me dice: “Te vine a buscar.” Yo pienso en lo que me dijo y, al rato, le respondo con naturalidad, como si la conociera de siempre. Algo sorprendida, aunque segura, le digo: “¡Pero si todavía no es mi momento!”

Ella baja la cabeza. Reflexiona. “Es verdad”, me contesta. Me observa una vez mas antes de dar media vuelta. No camina, flota sobre el piso mientras se aleja. No le veo los pies debajo de la túnica. Esta vez no escucho ni el ruido de sus ropas ni el deslizarse de sus pasos.

Miro de nuevo a mi alrededor. Ya no es ese lugar impoluto. Estoy en una estación de tren, parada en un andén, sola. Se escuchan bocinazos y ruidos de la calle. No hay ni alma a la vista. Un tren, vacío, está detenido en las vías a mi izquierda.

Doy media vuelta y camino en dirección opuesta a la que se fue la señora sin nombre. Camino sin apuro. No me escapo. Me dirijo hacia afuera y siento la ciudad vibrar bajo mis pasos. No siento miedo ni alivio, sino la serenidad de saber que las cosas son como deben ser y seguirán siendo así.



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente. Gracias.

Anónimo dijo...

Lola, excelente el relato! Mas profundo y psicodélico. Seguí así

Mabel Petruccelli dijo...

HOLA lOLA,

Con tu relato recordé el encuentro de la muerte con Bob Fosse en "AL that Jazz".
Muy bueno.

Un abrazo desde Argentina (: