Cualquiera podría reprocharme, con razón, que al momento de dar el sí y embarcarme en este matrimonio, lo hacia a sabiendas de lo que significaba. Es verdad, nadie me engaño ni me hipnotizó con espejitos de colores. Mea Culpa. Siempre supe en lo que me metía. Lo que no sabia, o no quería reconocer, es que luego de ese fatídico sí quiero, mi vida pasaría a estar regida por tres semanas cada año. Tres semanas malditas, estresantes y dolorosas. Veintiún días, con cada una de sus horas, que congregan la suma total de angustia y alegría, todo de una vez.
Son tres semanas que aglutinan Día del Padre, Aniversario y Cumpleaños de Marido. Las Fechas, las llamo yo. Cualquiera podría decirme, sí, pero ¿quién, a la hora de fijar la fecha de casamiento, calcula cómo le cae en el calendario? ¿A quién se le ocurre que una decisión de ese tipo va a tener un impacto tan grande en su vida? Ese fue mi error: Subestimar el poder corrosivo de Las Fechas. En aquel momento recuerdo que hasta me pareció pintoresco volver de la luna de miel justo el día del cumpleaños de Marido. Nunca pensé que Las Fechas se transformarían, tan rápido, en mi espada de Damocles. Una maldición para toda la vida.
Antes de tener a Hijo el problema no era tan grave, dos regalos en tres semanas era manejable. Un desafío interesante, sí, pero gobernable. Ahora, con el Día del Padre en el medio, todo se fue de control. Creo que no me da el cerebro. Puedo tener una idea para un regalo, quizás hasta puedo ser creativa con dos; pero tres al hilo, casi sin respirar, es mucho pedir. Nadie puede manejar toda esa adrenalina, menos con Marido que me respira en la nuca y registra cada gasto.
Durante el resto del año, Las Fechas siempre están latentes. Me acechan, adormecidas, desde su ubicación en el calendario. Escucho cada conversación y cada comentario con especial atención. Es agotador. Quien sea que inventó los festejos de Aniversarios, Cumpleaños y Día de Padre, los pensó como acontecimientos felices. No generadores de un estrés letal. Pero nadie, nadie que yo conozca, vive algo siquiera similar a lo que vivo yo con Las Fechas. Su cercana separación es mortal. Si se congregaran en, digamos, una semana, entonces se puede dar un solo obsequio un poquito más importante que cubra todos los acontecimientos, pero tres semanas es tiempo suficiente como para tener que regalar algo distinto en cada ocasión.
Después de unos cuanto años juntos, ya regalé ropa, zapatillas, relojes, electrónica, libros, lo que se les ocurra. Marido lo tiene todo. Y si no lo tiene, seguro se lo compra unos días antes, de jodido que es nomás. Como si esto fuera poco, él también se prepara y, apenas aparecen Las Fechas en el horizonte del calendario, empieza con sus aleccionamientos: que no gaste mucho, que tenemos que cuidar el presupuesto, que no me vaya de mambo y no sé cuantas cosas más que ya ni siquiera escucho. Porque bastante difícil es el tema por sí solo como para además limitar las opciones.
Así llegamos a este año. Con una idea genial (aunque costosa) para el Cumpleaños y otra bastante digna para el Día del Padre. Solo faltaba el aniversario. El único festejo donde intercambiamos regalos. Ni intenté la estrategia de hablar del tema. No pregunté que prefiere, porque no quería volver a escuchar toda la perorata del presupuesto. Ya aprendí mi lección.
Mi estrategia ahora es más elaborada. Me concentro en tirar “ideas”de regalos aceptables, cosas que me gustaría tener o que pueden disparar un comentario revelador. Evalúo, así, la aceptación que tienen. La clave está en esas “ideas”: pienso cosas que podrían ser unisex o tirar puntas para otros regalos, si es que Marido embala. Un ejemplo seria: “Me encantaría aprender a tocar la guitarra”. En general son comentarios al divino botón, porque las cosas que a mí me interesan, a él le parecen una pelotudez. Y lo que a él le interesa... ¿Cuál es el limite para ESPN, TyC y demás canales de tiros o deportes?
Este año ensayé toda clase de “ideas” sin éxito. Una semana antes de Las Fechas exploré, con Hijo a cuestas, tiendas departamentales, shopping, outlets, y supermercados. Me embarque en las búsquedas más dispares e insólitas en catalogos de Internet: escaneé ofertas, novedades, ideas. Leí con atención todos los e-mails de publicidad me llegaban.
Unos días antes, en una de esas caminatas exploratorias por pasillos llenos de mercadería encontré lo que buscaba. Recordé cada publicidad de ESPN, cada una de las veces que, al recorrer estos mismos pasillos, le prohibí gastar plata en ella. Pero ahora era el momento indicado. Lo iba a sorprender. Una cosa era segura: no se la esperaba. La envolví con cuidado, puse el paquete dentro de una preciosa bolsa de colores y la escondí hasta La Fecha.
Es por muchos conocido que no soy buena para esperar y los días previos a cualquier fecha de este tipo están cargados de tensión. Uno intenta por todos los medios adivinar que compró el otro y mandarse un poco la parte por el regalo que tenemos escondido, pero sin dar demasiadas pistas que lo lleven a resolver el misterio. Hay que generar expectativa, preparar la sorpresa pero con cuidado de no deschavarse. Es un constante decir sin decir.
Esa mañana, cuando nos despertamos en un nuevo aniversario como Marido y Mujer, me acerqué a la cama con el desayuno y la bolsa del regalo. Con una sonrisa, intercambié mi bolsa por un paquetito chiquito que cabía en la palma de la mano. La primera batalla estaba ganada, por volumen y presentación. Contuve mi ansiedad para poder ver su cara cuando abría mi regalo. Él sacó el paquete. Rompió el papel. Sus dedos se movieron ansiosos hasta descubrir, debajo, la caja con la foto enorme de la George Foreman Grill. Sus manos cedieron un poco. Terminó de romper el papel. “Elimina la grasa de sus hamburguesas”decía la caja, en letras grandes. “Derrite el queso y cocina vegetales”, anunciaba en otro lado. La última vez que Marido pisó la cocina fue hace dos años, por equivocación. Levantó una ceja. Miró dentro de la bolsa y, con sorpresa, descubrió que había nada más. Sus uñas rasparon un poco el fondo, negándose a dar por terminada la pelea.
Todavía tenía en mi mano el paquete chiquito. Tímida, rasgué el envoltorio para descubrir una caja de terciopelo. No me animaba a seguir. Temblé. Presentí que ahí adentro, unos aros brillantes confirmarían que una vez más excedió el presupuesto y que esto me lo va a recordar por años.
9.11.2008
Las Fechas
Etiquetas:
La Familia
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6 comentarios:
Loli, me ha parecido genial tu blog!
En cuanto al post, debe ser un estres terrible, tal y cual lo describis. No es justo, regalarle a hombres siempre es muchísimo más dificil!
Siempre.
Besos
Loli, que regalo pedorrisimo le compraste a marido. El presupuesto no se cuida NUNCA en los regalos internos de la pareja!!!!
Ya aprendi mi leccion, kombiman!
Evidentemente las fechas rigen tu vida. Acabo de caer en la cuenta de que solo escribis los jueves!
Reina... Reina, regla numero 1 de los regalos: Nunca compres un producto de Spayette, NUNCAAAA
Mi vieja cumple años cerca del Día de la Madre. Lo que hemos resuelto es darle un regalo-regalo para su cumpleaños y algo simbólico para el Día de la Madre (por ejemplo, flores o algo chiquito). Lo hacemos así todos los años y más o menos funciona.
Probaste regalarle entradas a eventos que le gusten? recitales, teatro, ese tipo de cosas.
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