Publicar lo que escribo en Internet ha sido, para Marido, una prueba difícil. Si bien soy yo la que escribe, corrige y publica, él siente suya la responsabilidad de llevar una vida que produzca suficiente material como para poblar esta página. Desde mi primer publicación a la fecha, cada pequeño problema domestico, cada discusión, cada anécdota, cada carcajada termina con un: “Esto va al blog, ¿no?”. Esa frase inocente es la asesina instantánea del relato. No estoy segura si es mi condición de mujer, de sagitariana, o de rompe pelotas pero si alguien me dice que haga algo tengo la compulsión que hacer exactamente lo contrario.
El otro día, sin ir mas lejos, le puse antihongos en las uñas a Marido. Sabía que sólo tenia que aplicarlo en la uña del dedo gordo. Pero cuando casi había terminado la aplicación tuvo el mal tino de decirme: “En la de al lado no pongas porque esta lastimada”. Mi mano, antes que nadie pueda reaccionar, posó decidida el aplicador sobre el dedo lastimado y apretó el pomo. Ese gesto me define, no sólo por mi compulsión a contrariar ordenes, sino porque sólo una esposa ejemplar le pone antihongos en la uña a su media naranja.
A pesar de la imposibilidad de escribir sobre la variedad de anécdotas que Marido ha producido en los últimos meses, tengo que reconocer que hemos vivido tiempos interesantes. Al probar distintas estrategias, Marido pasó por etapas en las que estaba más cariñoso y atento que nunca, a ver si yo escribía algo romanticón. Después, afiló su sentido del humor, aportando chistes de todo tipo y carisma. En algún momento pensó que hacer gala de su ineptitud para las tareas domesticas daba para un buen texto, así que se dedicó a hacer estragos mientras intentaba cambiar lamparitas, lavar la ropa, arreglar la pérdida de la canilla y colgar un cuadro. Cuando dirigía el taladro hacia un punto dibujado en lapiz negro sobre la pared, giró sonriente para advertir: Esto va al blog, ¿no?. Con esa frase, no sólo mató la posibilidad de contar esa anécdota, sino que agujereó la pared ocho centímetros mas a la izquierda, donde el cuadro ya no entra.
Le sugerí que se abra su propio blog egocéntrico para hablar de si mismo, pero esa no es la solución, dice. El quiere que yo hable (en lo posible bien) de él. No tiene le mismo efecto hablar de uno mismo, creo.
Si estoy escribiendo estas líneas, es porque la situación se torno insostenible. Sus ansias de protagonismo que hasta ahora eran simpáticas y anecdóticas se volvieron peligrosas. Porque una cosa es luchar contra sus propias limitaciones para aprender a cambiar una lamparita, pero otra muy distinta es poner en riesgo su vida.
Escribo esto hoy, que él esta en California escalando el monte Whitney, porque lo conozco. Porque sé lo que piensa, a 4421 metros de altura, entre la nieve , las piedras y los cóndores. Porque sé la clase de delirios que la falta de oxígeno le va a generar.
Porque hace unos meses mi estimado esposo se levantó del sillón, guardó el control remoto, apagó la computadora y salió a correr. Todos los días, durante semanas, se entrenó obsesivo. Por primera vez en nuestra historia lo vi levantar pesas, hacer sentadillas y hasta abdominales. Pero si en algún momento me deje engañar por sus discursos sobre la buena salud, ahora las piezas encajan perfecto.
Esta es la ultima oportunidad que tengo para contar esto. Porque en dos días, cuando vuelva a casa, sucio, barbudo, flaco y desalineado, me va a abrazar, va a abrazar a Hijo y antes de mostrarme las fotos, antes de contarme si se cruzaron con un oso, como pasaron por el hielo, como era la vista desde los precipicios y como eran las noches bajo esas estrellas, antes de todo eso me va a decir: “Esto va al blog, ¿no?”
10.09.2008
La presión del protagónico
Etiquetas:
La Familia
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4 comentarios:
Que ingrata!
Sera verdad lo de Marido Lola?
Te juro que es todo verdad. Casi me animo a decir que esta vez ni siquiera exagere. Es un caso tipico en que la realidad supera la ficcion.
Mejor que el blog se nutra de la vida que no viceversa.
Una entrada estupenda.
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